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El tiempo de los carozos

27 de febrero de 1966 - El Mundo

El tiempo de los carozos

"¿Todo tiempo pasado fue mejor?" Así pregunta Marilina Ross, que canta e interpreta varios números del Café.


En la posguerra de la Primera Guerra Mundial, en un sótano de Munich, la gente se apretujaba para escuchar a un joven desnutrido, de mirada pícara, que acompañado de una guitarra cantaba sus propias canciones mordaces sobre la suerte de los soldados en el frente. Con el tiempo, Bertolt Brecht -que así se llamaba el muchacho- devino en el célebre autor de teatro y poeta que todos conocemos; su paso por los "cabarets literarios" puede rastrearse fácilmente en sus obras; influencia que tanto él como otros autores -el caso del suizo Friedrich Durrenmatt, por ejemplo- jamás negaron, sino que subrayaron con interés. La proliferación de los "cabarets literarios" originó, incluso, un estilo teatral; obras como The dogbeneath the skin -"El perro bajo la piel"-; del poeta inglés Auden, escrita también en la posguerra, incluyen una escena en uno de estos lugares, donde un animador, frente a un público entusiasta, destruye a cuchilladas un Rembrandt original y es aplaudido fervorosamente con el profundo significado que el hecho implica. Hoy día, París, Londres, Berlín, Nueva York, tienen muchos "cabarets literarios", donde sucesivos sketches sirven para poner a prueba el ingenio y transcribir, en forma sintética, audaz, divertida, llena de sobreentendidos, un problema común a todos. Es decir, se establece una complicidad entre actores y público, donde ambas partes son elementos activos del espectáculo.

Comer es absurdo, sobre todo cuando, en el sketch, Federico Luppi no se da por enterado de que está en un restaurante.

"CORISTAS QUE LEEN A KANT"

Cuando un grupo de actores nuestros decidió intentar la experiencia en Buenos Aires, se trató de precisar una definición para nuestro ambiente. "Me hace pensar en coristas que están leyendo un Kant", dijo el actor Juan Pablo Boyadjián. Y la imagen feliz sirve para describir al espíritu porteño, lo que puede ser una mezcla de ingredientes de los que resulte una picardía literaria. El tiempo de los carozos (un verso de un poema de Jacques Prévert) sirve de título al espectáculo que inaugura, de paso, la casona de Viamonte 1352, con sus amplios jardines al fondo, y que promete convertirse en un centro cultural porteño. "¿Fue todo tiempo pasado mejor?". Este es el título de una de las canciones que entona Marilina Ross, con letra de Paco Urondo, y que da motivo a la primera parte del espectáculo, integrada por un prólogo de Carlos del Peral: Trágico a pesar suyo, desopilante drama de la vida cotidiana de Anton Chéjov, y Una historia de amor, adaptación del "Diario de un seductor", de Soren Kierkegaard, interpretada por la propia Marilina Ross y Federico Luppi. La segunda parte, que ironiza sobre nuestro castigado "tiempo presente", se inicia con Los Krupp, cuyo tema son los cañones, y no precisamente los de chocolate; continúa con El pie, tragedia de un actor frustrado -personificado por Carlos Moreno-, que finalmente encuentra la gloria por virtud de una condición particularísima de su "phisique du rol", y, luego de dos números breves, finaliza con George, de Anthony West, interpretada por Flora Steinberg y Carlos Gandolfo, pareja en la que el marido, mientras contemplan televisión -como lo hacen desde hace años- sufre un curioso proceso de "petrificación". Excepto la obra de Chéjov, que montó Gandolfo, la dirección general del espectáculo está a cargo de Augusto Fernandes. El vestuario es de Arturo Vera, y los decorados del propio Gandolfo.


El Pie. Un monólogo interpretado por Carlos Moreno sobre la tragedia de un actor frustrado a quien la suerte sonríe debido a una condición particularísima de su "Phisique du rol".


CAFE TEATRAL ESTUDIO

Bajo las órdenes de Carlos del Puerto se dan los últimos toques al "café teatral", el primero de esta índole con que contará la urbe porteña. La gente se sentará a mesitas -de estilo cuidadosamente elegido-, y por una consumición mínima podrá presenciar el espectáculo. Luego podrá quedarse a escuchar grabaciones. El espectáculo, que se iniciará todas las noches a las 22, tendrá una duración aproximada de una hora por parte, y habrá un largo intervalo.

"Queremos que la gente entre como en un café, tome, vea y participe del espectáculo, y pase un rato agradable", nos dice Carlos Gandolfo, que dirigirá el centro de estudios teatrales de la casona de la calle Viamonte. Porque sucede que el "café literario" será una parte de una organización general denominada "Café teatral Estudio", donde además habrá una escuela de arte integral para niños, que dirigirá Perla Prince, y una sección para jóvenes, que conducirá el profesor Ariel Bufano.



Muchas Gracias Silvina por tipear esta nota!!

La aventura de cantar

Domingo 2 de agosto de 1992 – Revista NUEVA

Marilina Ross

La aventura de cantar



Por: MIGUEL GRINBERG
Fotografías: Roberto Azcárate

Directores como Fernando Solanas y Alejandro Doria han insistido obstinadamente para recuperarla como actriz. Marilina Ross se queda un rato en silencio cuando le preguntamos la razón de su negativa. Sonríe, con esa sonrisa suya de siempre, mitad niña traviesa y mitad aventurera de la armonía, y tras recorrer, sin duda, algunas imágenes del cofre de su memoria, explica: "Yo a la actriz la dejé. Elegí la música, componer y dedicar toda la energía a esa parte mía que había intentado ser en otros momentos, que me fallaron, y entonces seguía la actriz adelante. Un día dije basta y junté toda mi fuerza para esto de la música, no como un oficio, sino compartir las cosas que me conmovían, las que iba aprendiendo y transmitiendo".

Todo "basta" en la vida no responde a una sola cosa, brota de una suma, y a veces también de alguna resta. Agrega: "Fue exactamente en 1981, había regresado el año anterior después de cuatro años de trabajar en España, como actriz, agotando esa profesión que ya no me hacía feliz: hacer la española en historias que me eran ajenas, peleándome constantemente con lo que tenía que hacer, sin poder disfrutar ni encontrar entusiasmo, que es el motor de todo lo que hago y lo que hice siempre".

En aquellos días había cumplido un sueño querido de muchos actores y actrices del globo: estudiar arte escénico con Lee Strasberg, padre teatral de toda una generación de intérpretes. Marilina viajó a Los Ángeles y, allí, uno de los profesores, Dominique De Fazio, quedó atónito al escucharla cantar sus temas durante la guitarreada de despedida. Y le dijo: "Ahora estás transmitiéndome lo que yo quería que me transmitieras como actriz". Ella también sintió que era así. Aunque a la hora de filmar La Raulito y asumir un personaje tan fuera de serie, conmovida por su criatura pudo entonces conmover actoralmente, como un tifón de sentimientos.

Marilina Ross se recuerda como portadora de guitarra desde los 17 años, cuando compró la primera de muchas. Trabajaba entonces con Luisa Vehil, como actriz. Siempre sintió que la música era su lugarcito. Sus primeras tentativas fallidas como cantante fueron en el extinto sello Trova. Tampoco interesó su Carta a papá que arregló el Chango Farías Gómez, entonces pilar del Grupo Vocal Argentino: era 1968 y pasó con pena y ninguna gloria.


Hacia 1965, mientras en la calle Florida chisporroteaban las experiencias vanguardistas del Instituto Di Tella, en la calle Viamonte, cerca de Plaza Lavalle, se había configurado el primer café-concert en serio de la Capital: el Café Teatro Estudio. Teatro, jazz y copas en el gran salón de planta baja de un caserón porteño, con sillones como si fuese el living de la abuela. Cuando no había función, Enrique Villegas desplegaba Gershwin desde el piano. Los directores Augusto Fernández y Carlos Gandolfo habían montado El tiempo de los carozos, con Federico Luppi y un plantel de gente nueva, sueños infinitos, vigor fraternal.

La música del espectáculo era de Marilina. Iba entre las mesas cantando con su guitarrita, y tenía partes como actriz. Cuando salió de ahí hicieron falta dos personas para reemplazarla. Una, Nacha Guevara, que también empezaba a hacerse escuchar como cantante. Otra, Dora Baret para la actuación.

Fue un buen momento para Marilina como figura de TV, haciendo La Nena. Seguía componiendo, pero eso ni se escuchaba ni se veía, había otras cosas en la vitrina. Muy amiga de Piero, en 1974 -dice- "me obligó a juntar todas las canciones y a grabar un LP, que él produjo, llamado Estados de ánimo, no había mujeres cantando entonces, un disparate. Casi simultáneamente con la filmación de La Raulito, de Lautaro Murúa. Fue una época bárbara, hice Piel Naranja, una telenovela de Alberto Migré. A él le encantó el disco y empezó a incluir los temas: salió el éxito de Quereme, tengo frío".

El éxito de La Raulito en España genera una lluvia de propuestas. Aquí todo se le da en contra y las acepta. Por un lado, como recuerda, "bancarse estar lejos", pero por otro un cambio que no sabe cómo llamar, a nivel conciencia. El dolor la empuja a tropezar con partes suyas desconocidas, que asume como "un cambio espiritual, y lecturas desde Castaneda a Krishnamurti, todo lo que venía a mis manos. Empiezo a darme cuenta que no estaba haciendo lo que más quería hacer, y que no estaba viviendo donde quería vivir. Que todas las elecciones profundas referidas a mi felicidad seguían desatendidas. Seguía cumpliendo allá con la actriz, a la que le iba muy bien. Fui muy mimada, muy bien tratada".

De regreso en 1980, comienza a cantar en boliches. Y eso pasa funcionar, con mil dificultades, en una ciudad donde los clubes de jazz o los recitales rockeros solían ser constantemente hostigados por la mera transgresión de convocar demasiados jóvenes extrovertidos. Recuerda: "En mis canciones comenzaba a reflejarse todo lo que había leído. Sentía que eso le hacía bien a la gente, era una especie de mimo, de mañanita abrigada". Ese aunque no veamos el sol, siempre está...

La guerra de Malvinas en 1982 sacó de circulación toda la música grabada en inglés: el rock argentino, de paria marginal pasó a ser masivamente multipropalado. Tres sellos grabadores requirieron grabaciones de Marilina Ross. Poco antes de eso, Sandra Mihanovich le había pedido un tema para grabar. Puerto Pollensa tuvo un éxito conmovedor. Marilina lo firmó con su verdadero nombre, María Celina Parrondo. Entre ese antecedente, y los éxitos personales, las salitas laterales comenzaron a quedar chicas, hacían falta teatros más grandes. Bastaban los afiches callejeros para colmarlos.

Desde entonces no ha parado: su discografía suma hoy once álbumes. Trata de transmitir todo lo que ha venido expandiéndose en su alma desde aquella chispa inaugural en España, y todo lo que ha ido creciendo en ella desde entonces, como un jardín interior: aprendizajes, descubrimientos y revelaciones. "Transmito todo lo que me duele, todo lo que me hace feliz, despliegues internos, lo que me sucede visto desde una óptica que ilumine un poco, que ayude. Es casi una idea de servicio".


Almas encendidas

La realización de un disco convoca a mucha gente que luego se da por sobreentendida, pero que a la par de una cantante se esmera en realzar el resutado final. El album más reciente de Marilina Ross, con base en una canción cuya letra pertenece a Eladia Blázquez, se llama Contra viento y marea. No es una simple colección de canciones con acompañamiento de guitarrita. Cuenta con un sólido respaldo orquestal, responsabilidad de Ángel Mahler, voces provenientes del Coro Polifónico de la Matanza, y las guitarras de Lucho González y Daniel Alabre González.

Es una historia de almas encendidas, de pedidos de perdón por el año causado a nuestro planeta, de memorias oscilando en la geografía de la niñez, amores que fluyen como el agua, dolores escondidos, crecer en un mundo sobrecargado de burlas, y -por fin- corazones abriéndose camino por el territorio de una adolescencia que se resiste a jugar el juego de una adultez metirosa.

Marilina insiste en que está lejos de ser una cantante. Se ha guiado siempre por la intuición, igual que la actriz a la que no quiere regresar, se esfuerza en comunicar sentimientos y diseminar semillas de claridad, de encuentro. Apostando simplemente a la vida, con todos sus misterios y todas sus sorpresas. "Si llevamos ardientes la estrella en la frente igual que una tea, entre un bosque de pinos se abriá algún camino contra viento y marea... El amor tiene un duende que ríe, que enciende, que crea y recrea."

Contemporánea de una época que ha sido muy dura, no sólo con los jóvenes de la Argentina, sino con varias generaciones que no han podido convertir sus sueños en realidad, Marilina es una más entre quienes hacen de la canción un puente, un abrazo, una mirada cara a cara para decir verdades florecientes.


La presente nota fue compartida por Xil. Muchas Gracias!!

Marilina Ross - Cruzando las grandes aguas

1985 – Revista Cantarock

Marilina Ross

CRUZANDO LAS GRANDES AGUAS

Luciendo su nuevo peinado semi-punk, Marilina explicó con tranquilidad sus últimos proyectos y actividades, desde su participación en un festival en los Estados Unidos hasta algunos detalles de su nuevo LP. Todo en el marco de tranquilidad y sinceridad que transmite, similar a la onda que se percibe cuando está sobre el escenario.


Por: MARCELO FERNÁNDEZ BITAR

“Estuve haciendo el espectáculo “Soles” en Washington D.C.”, relata María, “y también fui a representar a Argentina en el festival Shakespeare, un encuentro de gente de teatro, cine, plástica y música. Creo que es bien necesario y casi urgente que Latinoamérica se empiece a conocer, en especial nosotros que estamos tan perdidos en el Sur.”

¿Qué referencias tenían tuyas, como actriz o como cantante?

“No creo que me conocían de nada, sabían de mi trayectoria como actriz… ¿sabés qué? Me sigue sorprendiendo la necesidad de la gente de etiquetar y encasillar. Yo soy un ser humano que quiere expresarse y decir cosas, y la forma puede ser un recital o una película. Es sólo una cuestión de forma, pero acá nos enganchamos siempre en las formas. ¡Ojalá pudiera cambiar aún más y expresarme mañana de otra forma!

UN POCO DE HISTORIA

Haciendo memoria, María siempre combinó actuar con cantar. Ya en 1966, junto a Federico Luppi, Carlos Gandolfo y otros, hizo el primer café-concert del país, haciendo las veces de actriz y juglar. Las canciones que se escuchaban eran de ella y en 1967 salió su primer simple. “Pero como esa etapa no trascendió masivamente”, reflexiona ella, “la gente no está enterada”.

El primer trabajo conocido es el LP de 1974, llamado originalmente “Estados de ánimo” y re-editado como “Quereme, tengo frío”. Pero antes hubo otro disco: el “Cancionero de la liberación”, grabado para las elecciones 1972/73 y consecuencia del grupo José Podestá que también integraba Piero. Iban por los barrios, plazas, villas y pueblos con un show de diversas expresiones artísticas. “Eran canciones mías, de Piero y de otra gente”, aclara enseguida, “y el espectáculo era básicamente político, aunque no sé cómo explicarlo”.

CRUZANDO LAS GRANDES AGUAS

“El título del LP tiene que ver con una frase del I Ching, El libro de las mutaciones. Los sabios chinos emplean el símbolo de atreverse a cruzar las grandes aguas uando uno se decide a emprender una empresa difícil. Creo que todos tenemos que atrevernos y arriesgarnos, decidirnos a llegar a buen puerto, porque el barco ya zarpó y estamos a mitad del camino.

Tal vez éste sea el disco que más me gusta, aunque aún está muy fresquito para ser objetiva. “Soles” (que hace poco recibió un Disco de Oro), tenía la fuerza y calentura de un disco parido con una gestación de muchos años y con canciones compuestas tranquilamente, sin obligación alguna. En cambio “A mis queridos seres”, es al revés: está tan pulcro y bien hecho que quedó puro pero distante. Y este LP sería la conjunción de los dos.

El leit motiv es un sonido a mar que inicia Cruzando las grandes aguas, el primer tema. Ese “mar de fondo” (sonríe ante el casual juego de palabras), continúa en “Miedo a la alegría” y sobre ese mar aparecen unos ruidos de ballenas y orcas que anteceden la chacarera que arregló Lito Vitale. Y que nunca más, que dice “A desenterrar los vivos y a los muertos enterrar, a desentrañar los lechos de los ríos y del mar para que salgan a flote los restos de la verdad”. Está claro que tiene que ver con lo que hemos pasado en el país y que aún estamos revolviendo las tierras y las aguas.

El disco nuevo sigue con ese estilo que hago, ya que hay todo tipo de temas. Por ejemplo, hay uno de Víctor Manuel, Desde mi libertad que siempre me gustó y que en este momento me sirve de mucho lo que dice, y creo que nos puede servir a todos”.


Uno siempre quiere saber cómo compone cada músico…

“Yo compongo a raíz de algo que me sucede, ahí me dan ganas de componer. Por ejemplo, hace poco un comentarista radial se metió conmigo de una forma muy fea, criticando mi persona, y me indigné. Así que ahí nomás compuse un tema, Quiero ser yo, que dice “Usted que en una radio se atreve a comentar que está tan preocupado por mi sexualidad, usted tan tranquilo ante tanta atrocidad, pregúntese cómo es usted. Y quiero ser yo la que decida cada pliegue de mi vida, a medida que mi vida va. No me importa lo que dirán, lo que importa es estar viva y poder amar.”

“Otro día estaba muy conmovida con el holocausto nuclear. A veces me asusto mucho porque estamos ahí nomás… así que compuse Y me di cuenta, que termina diciendo “En esta noche de encuentro les pido perdón por este ataque melanco, que ni yo misma me banco. Me he acostumbrado más a sufrir que a darme cuenta que soy feliz. Tengo la música, tengo algo que decir, tengo alguien que me escuche. ¿Qué más puedo pedir?”.

“Por eso creo que es fundamental vivir y estar muy alerta a todo lo que te sucede. Si te metés de lleno, cualquier situación da para una canción. La cosa es meterse a fondo y conectarse con lo que pasa (pausa y empieza a hablar casi en un susurro)… me pasó una cosa… ¿sabés que hasta ahora me había olvidado por completo?... Fue en marzo… yo estaba en una pileta y vi una mariposa con las alas pegadas por el agua. La saqué de ahí y la puse al lado mío para ver si podía volar. Pero las alas seguían pegadas y no podía arrancar. Y de golpe me conecté muy profundamente con lo que le pasaba. Así que me di cuenta que quizás quería comer algo. La acerqué a una flor, luego la puse en mi mano para que se secara. Y de golpe salió volando. ¡No te puedo explicar lo feliz que fui en ese instante! Por eso hay que estar atento y tomar conciencia de cada momento. Es una buena manera de vivir, más allá de hacer canciones.”

Para terminar, ¿qué podrías anticipar de la presentación del disco en el Ópera?

“Como siempre, habrá alguna historieta con la escenografía. Digamos que yo no soy una cantante y un micrófono, porque mi voz no sirve. Entonces hay que ir contando cada tema. Lo que ocurre en los recitales es muy especial, es algo que te carga de energía y a la vez te descarga cuando terminás. Hay algo mágico en la comunicación con la gente, porque no es que cante bien ni que las canciones sean maravillosas. Y no puedo estar sin recibir ese estímulo, es como un hábito, una droga.”

Lo que nos queda es remar, remar con fuerza

8 de diciembre de 1985 - Clarín Revista – Edición N° 14.305

La actualidad de Marilina Ross, una cantautora que utiliza sus dotes de actriz

“LO QUE NOS QUEDA ES REMAR, REMAR CON FUERZA”

Por: DIANA CASTELAR

A primera vista, conserva intacto su aire adolescente, aquella fresca sonrisa de “la nena”, el travieso personaje que interpretara junto a Osvaldo Miranda. Pero las incipientes y finas arruguitas que se marcan alrededor de los ojos, algún repentino rictus de amargura se encargan de testimoniar el paso del tiempo.

Marilina Ross –que ahora prefiere ser llamada María, su verdadero nombre- ha atravesado desde entonces duras circunstancias. Desde el desgarramiento surgido del exilio forzoso –“era tanta la tristeza que hasta podía pasarme 24 horas seguidas llorando”– hasta el cuestionamiento de su propia historia, que la llevó a entender que la vida es un constante cambio y también un aprendizaje: muchas letras y títulos de sus canciones están referidas al I Ching, el Libro de las Mutaciones.

Porque después de hacerse un nombre como actriz, a su vuelta al país Marilina decidió volcarse a la composición y a cantar sus propias canciones, como si una neta línea separara su vida y su profesión en un gran antes y un gran después. Bajado ya el telón sobre su último y exitoso espectáculo musical montado en el teatro Ópera, y en vísperas de iniciar una gira por las ciudades de la costa, habla de su regreso. “Decidí volver porque entre morirme de tristeza allá lejos, como le sucedió a Luis Politti, preferí venir a morir acá. O a vivir. Felizmente, viví, pero tuve que pasar por muchos miedos para decidirme a hacerlo.”

-Hace ya tres años que usted es profesional de la canción. Pero ¿se considera una actriz-cantante o una cantante-actriz?

-No soy exactamente una cantante sino una persona que cuenta historias. Historias que tienen que ver conmigo y con mi gente.

-Pero su carrera se inició en el teatro, ¿no es así?

-Sí, mi primer papel fue en Lucy Crown, con Luisa Vehil. Venía de estudiar en el teatro infantil Labardén desde los ocho años. Como la nena que era muy graciosa, le hicieron estudiar teatro.

-¿Y la nena estaba en desacuerdo?

-A mí me divertía mucho. Sin embargo, con el tiempo me daba cuenta de que lo que más me gustaba era la música. Estaba lanzada como actriz y no había forma de parar, pero seguía cantando y componiendo para mí.

-¿Alguien sabía de esa otra faceta suya?

-No demasiada gente. Pero en el año ’65, en el primer café concert que se hizo acá, El tiempo de los carozos, la música era mía. Trabajaban importantes actores, como Federico Luppi; después yo salía con la guitarra y hacía mis canciones.

-Hay una marcada diferencia entre la traviesa adolescente de La Nena y la dramática historia de La Raulito, que marcó su consagración como actriz. ¿Cómo llega a ese resultado?

-Ese personaje tan querible fue un proyecto mío. En un programa de Cosa juzgada, que se hacía con casos auténticos que se sacaban del archivo de Tribunales, surgió ese ser, que me pareció conmovedor. Me fui a conocerla y se produjo una gran comunicación. A partir de entonces quise hacer una película, busqué producción, dirección. Hubo muchos productores y directores que me dijeron que no iba a andar: me costó cinco años concretar el proyecto.

-Usted vivió los tramos finales de esa filmación con bastante sobresalto.

-Sí, cuando rodábamos las últimas escenas estaba amenazada. Y en algún monólogo de La Raulito hay algo mío: me parecía injusto –como a ella- que no me dejaran ser lo que realmente quería.

-¿Y qué quería?

-Decir cosas. Durante mucho tiempo lo hice con las palabras que escribían otros. Después mis canciones me dieron el empujoncito para decir lo que yo misma sentía.

-¿Sus canciones son de protesta?

-No. Siempre reflejan lo que me está pasando o lo que sucede a mi alrededor. Como Puerto Pollensa, que es casi testimonial; La plaza blanca, que dediqué a las Madres de Plaza de Mayo, o A mis seres queridos, donde hablaba del exilio.

-A propósito de ese tema, ¿en qué año se fue del país?

-En 1976, un año que pienso quedará marcado con rasgos indelebles en la memoria de los argentinos.

-La elección fue España, ¿no es verdad?

-Sí, allí no tenía problemas de idioma; además era la patria de mis padres. Se daba también la circunstancia de que La Raulito llevara allí un año y medio en cartel. Eso favoreció mi trabajo y filmé seis películas prácticamente sin pausa. También hice finalmente La Raulito en libertad, otra vez bajo la dirección de Lautaro Murúa.

-¿Cómo fue su vida allí?

-El primer año y medio fue muy angustiante para mí. A pesar de tener éxito y de ser una figura muy querida y respetada, toda la primera época fue tremenda. Allí encontré brazos abiertos, pero yo estaba mal, no podía gozar ni disfrutar de todo lo que se me brindaba.

-¿Y qué le daban?

-Mucho, muchísimo afecto. Por otra parte la vida de un actor es mucho más cómoda materialmente y yo era una de las actrices mejor pagas de allá: nunca gané tanto dinero como en España. Curiosamente eso me sirvió para darme cuenta de que no era lo que quería.

-Y entonces se volvió, claro.

-Sí. Lo hice en el año 1980, en pleno proceso, perfectamente enterada de las cosas que sucedían aquí, porque en el exterior se sabía mucho más que en la propia Argentina. Y vine aquí con mucho miedo, a que me mataran o a morirme de hambre por no poder trabajar.

-Entonces empezó a cantar.

-Al estar prohibida como actriz, comencé a tocar la guitarra en un boliche chiquito, para sobrevivir. Lo primero fue en la ciudad de Córdoba, a fines del ’80. Allí me encontré con Rubén Ceballos, que tenía un pub y me propuso que fuera con la guitarra. Fue lo primero que hice y me resultó fantástico ese primer reencuentro con el público, aunque era muy poquita gente, muy temerosa. Después seguí en Buenos Aires, en otro boliche chiquito de la calle Las Heras.

-Ahí fue ganando espacio.

-Sí; empezamos a buscar lugares para cada vez más grandes, hasta que actué en un estadio. No lo podía creer. Felizmente, fue todo muy paulatino; de otro modo podía haber sido muy fuerte el cimbronazo.

-También se fue formando su grupo.

-Empecé sola con la guitarra; después tenía un pianista, un bajista, y así se empezó a armar la banda.

-¿Cómo definiría sus temas?

-Casi como la historia de mi vida. Porque al hablar de mis experiencias estaba explicando que se podía atravesar los grandes pozos, aguantar y salir fortalecida.

-¿Cuál fue el primer tema que grabó?

-El punto de partida fue Puerto Pollensa, que no grabé yo, sino Sandra Mihanovich. Con esto sucedió algo particular, Marilina Ross estaba prohibida pero no la ciudadana María Celina Parrondo, mi verdadero nombre. Todos creían que era un tema de una autora venezolana.

-Y sus propios discos, ¿cuándo y cómo empiezan?

-A partir de un hecho dramático. Durante la guerra de las Malvinas solo se podía pasar música nacional. Y de estar prohibida y no poder grabar me encontré de pronto con tres sellos que pedían mis temas.

-¿Y cuándo volvió a la televisión?

-Exactamente con el gobierno del presidente Alfonsín. El 9 de diciembre hice en el estadio de Atlanta el recital de bienvenida a la democracia y el 12 estaba en televisión, en el programa de Juan Carlos Mareco.

-Escuchándola, parece como si en su vida hubiera divisiones muy netas, como si la cantante hubiera sepultado directamente a la actriz.

-No del todo. Son recitales de canto, pero también interpreto estas canciones. Mi último trabajo es casi una comedia musical donde hasta los músicos actúan. O sea que propongo la canción como espectáculo. Para esto trabajé con Susana Torres Molina, que aportó imaginación y talento a la puesta.

-Ahora está de vuelta en la patria. ¿Cuáles son sus sentimientos?

-Sencillamente acá soy yo; allá estaba la mitad mía. No puedo ser objetiva y pensar qué sitio del mundo me conviene más para vivir. Éste es mi sitio: yo prefiero el tercer mundo porque ése es mi lugar.

-¿Cómo resumiría su vida hasta aquí?

-Puedo decir que me pasó de todo. Tuve miedo y felicidad, amores y odios. De todo esto me queda un sentido nuevo de las cosas, una gran claridad y también cierta osadía. Me queda cada vez menos tiempo; entonces tengo que atreverme más.

-¿Atreverse a qué?

-A vivir, a emprender cosas nuevas, a asumirme tal como soy. A disfrutar y también a sufrir cada momento, porque sé que no volveré a pasar por aquí.

-Por último, ¿Qué quiso significar con Cruzando las grandes aguas, título de su último espectáculo?

-Lo tomé de una frase del I Ching, el Libro de las Mutaciones. Y la última canción tiene que ver con lo que pienso en este momento del país.

-¿Qué dice exactamente?

-Dice que nuestro barco ya zarpó a cruzar las grandes aguas sin que nadie pueda detener nuestra marcha. Estamos entre dos costas lejanas: atrás la noche, por delante el alba. Entonces lo que nos queda es remar, remar con fuerza.